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Blog sobre acoso escolar
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Como sociedad nos tenemos que ir acostumbrando a la palabra prevención

06-05-2013
En Francia, en Barcelona o en la Argentina, los chicos tienen las mismas preocupaciones: la influencia del grupo de amigos, el padecimiento de la violencia verbal y física, y la dificultad de comunicarse con los adultos. La afirmación es de la psicóloga argentina y especialista en adicciones Mónica Toscano, que ha desarrollado en Europa un método que lleva su nombre (Mónicas Toscano Prevention in Act) y que procura actuar con los adolescentes para prevenir la violencia.

La segunda edición de su libro Adolescencia. Actuar antes de los hechos, editado por Cúspide y presentado en la 39a Feria del Libro, compendia la experiencia y el trabajo de campo que han desarrollado Toscano y su equipo en Barcelona, en París y en Buenos Aires.

Durante una entrevista con LA NACION, Toscano, autora también del libro De la infancia a la adolescencia , afirmó: "Lo importante es ayudar a los chicos a que entiendan lo que pasa. Si un chico golpea a otro y muy fuertemente, por supuesto que se tiene que defender, pero si como sociedad le decimos que tiene que pegar más fuerte, generamos una situación que nos lleva a cosas cada vez más graves".

-¿Cómo se desarticula el vínculo acosador-acosado?
El primer gran espacio es abrir la noción de diálogo. Hay que aprender a escucharnos absteniéndonos de creer que lo que nosotros decimos o escuchamos es la única verdad. Tenemos que romper esa situación de que antes de que el otro termine de hablar yo le conteste.

-Más allá de trabajar aula por aula, ¿qué debería hacerse a nivel social?
Tenemos que ir todos juntos -el psicólogo, el psicoanalista, el psicólogo social, el médico, el padre de familia y el empresario- hacia un objetivo: que empiece a disminuir la violencia. Quiero convocar a la conciencia social. Yo traigo el método. Los padres traen sus respuestas. Los chicos traen sus respuestas. Tenemos que ir hacia las herramientas del pensamiento, porque el chico que está siendo acosado tiene dolor y miedo. El otro, el acosador, también. Debemos desarmar esa estructura porque los dos tienen problemas.

-¿Por qué en la Argentina no hay cifras oficiales de violencia, de acoso, de bullying?
Es una variable difícil de medir. Nosotros estamos midiendo esa variable hace diez años. La violencia física es muy tangible. Pero cómo se mide la violencia verbal, si no tenemos en cuenta un adulto que sepa leer los signos.

-En Barcelona y en Francia, hay escuelas que ofrecen el método como un servicio más y lo publicitan. En Buenos Aires parece al revés, nadie quiere contar que ofrece este método. ¿Por qué?
Esto que hemos soñado y está empezando a pasar en Barcelona y en París es que la prevención entre como materia en la formación. Actuar antes de que los hechos sucedan. Los chicos dicen claramente: actuar antes de que algo pase. Como sociedad nos tenemos que ir acostumbrando a la palabra prevención. Si las cosas suceden y sabemos, es más fácil. Si las cosas suceden y no sabemos, es una especie de laberinto del que no podemos salir.

¿Cuál es el período en el que se percibe mayor violencia?
Empezamos con 15 y 16 años, y en la medida que fuimos llevando adelante el método, fuimos bajando la edad y llegamos hasta los seis o siete años. Desde la investigación y los 10.000 chicos que ya tenemos, en esa franja de edad todo es un cambio permanente, una evolución física y psíquica permanente. La edad de mayor eclosión de la violencia verbal está situada en la preadolescencia.

-¿Cómo influye en el adolescente la falta de límites de los adultos?
Tenemos que tener un límite ordenador. No debemos confundir autoritarismo con convivencia y respeto. Los límites autoritarios siempre generan violencia. Si esto no se entiende, será cada vez más grave. También es importante el acompañamiento que necesitan los profesores cuando ponen un límite. Como padre tengo que dar los pasos necesarios hasta ver si ese profesor ha cometido una injusticia o si ha actuado bien. Los profesores nos dicen muchas veces que ponen un límite y la familia los desautoriza y, encima, no se sienten respaldados por la institución.

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